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lunes, 18 de mayo de 2009

Alcalde de Madrid reconoce seguridad para viajar a México

MADRID, 18 mayo 2009 (EL País).- Hay que tener plena confianza en los protocolos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que no ha recomendado restricción alguna para visitar México, sostuvo el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón, quien ofreció una conferencia de prensa después de reunirse en privado con el presidente Felipe Calderón.

El funcionario español viajó a la ciudad de México desde este fin de semana para desahogar una agenda de reuniones con el mandatario federal, con empresarios españoles y con el jefe de Gobierno capitalino, Marcelo Ebrard, con el fin de generar un ánimo de confianza en quienes desean visitar México.

En la explanada Francisco I. Madero, Ruiz Gallardón, reconoció el papel de la sociedad mexicana para enfrentar la emergencia sanitaria por la aparición del virus de la influenza A/H1N1.

Ofreció además toda la colaboración de la alcaldía de Madrid para enfrentar esta situación, ya sea para promover a México en Europa y España particularmente o aportar profesionalmente lo que sea necesario en esta contingencia que dejará una experiencia para todas las ciudades o naciones.

Ruiz Gallardón, quien también es representante de la Unión de Capitales Iberoamericanas, trajo un saludo de alcaldes, jefes de gobierno o gobernadores de ciudades de Iberoamérica:

“Es mi convicción de que de esta crisis tiene que surgir una oportunidad para el resto de las ciudades de conocer y valorar una gestión de una crisis sanitaria, de aprender y de actualizar nuestros protocolo, porque lo que ocurre en México puede ocurrir en cualquier parte del mundo”.


Dijo que él es el primer madrileño en emprender un vuelo para dar esa muestra de que es confiable viajar a la capital mexicana.

Indicó que lo importante es la transparencia con la que se trabajó y que se ha producido en el transcurso de la crisis.

“Cualquier madrileño como el alcalde, puede viajar con las informaciones que nos dio el ministerio de sanidad de España, que en ningún momento dio restricciones, como sugirió algún otro país.

Anunció, como se lo hiciera saber a Calderón, que la alcaldía madrileña está en disposición de ayudar con cualquier campaña publicitaria en España para promover a México:

“Con todo lo logístico en lo que podemos aportar, soportes publicitarios, colaboración estrecha e intensa, que en el momento que quiera lanzar el gobierno de México para los españoles y europeos para visitar su ciudad”.


A las naciones que anunciaron restricciones para viajar a México, el alcalde de Madrid les dijo que deberían hacer lo mismo.

“Tener plena y absoluta confianza en los protocolos establecidos por la OMS".


Vivimos en mundo globalizado, los procesos sanitarios hacen que cualquier situación pueda tener repercusiones en países vecinos, en un continente o en cualquier continente, por eso lo mas inteligente, como mejor defendemos los intereses de nuestros ciudadanos, es tener plena confianza en el OMS que marca protocolos, que dice sin discrecionalidad, ni contradicción cuando hay medidas de restricción, o cuando no procede”.

lunes, 11 de mayo de 2009

GABRIELA WARKENTIN*: Cuando no hay suficientes muertos.

CIUDAD DE MÉXICO, 11 mayo 2009 (EL País).- La nueva influenza que se desató primero y con un poco más de fuerza en México que en otros lugares, ha puesto en evidencia muchísimas fallas y virtudes de nuestro sistema.

No hay suficientes muertos, no hay escenas dramáticas de individuos colapsándose por las calles, no hay hordas desbordadas por las ciudades en busca de pan y de agua, no hay personas arrancándose unas a otras las mascarillas, no hay linchamientos, no hay carretillas con cadáveres apilados, no hay bombas ni artillería, no hay suficiente sangre. Lo que sí hay es un nuevo virus; una población entre asustada y escéptica; autoridades que, ¡oh, sorpresa!, asumen el control; la megalópolis que cierra y se encierra; algunas decenas de muertos y más de un millar de infectados; escuelas que bajan la cortina; unos cuantos mexicanos maltratados en un puñado de países; dos o tres declaraciones estridentes de dirigentes que están, o pretenden estar, enojados.

La nueva influenza que se desató primero y con un poco más de fuerza en México que en otros lugares, ha puesto en evidencia muchísimas fallas y virtudes de nuestro sistema. Y ha mostrado también que cuando hay que informar de y narrar sobre una crisis anticlimática, a los que nos dedicamos a la comunicación todavía nos queda mucho por aprender.

Comencemos por algún lado: en México se decreta situación de emergencia sanitaria a raíz de la multiplicación de casos de enfermedad (y algunas muertes) por el virus de una influenza llamada primero porcina, después humana y hoy A H1N1. Aunque diversos medios ya habían mencionado la existencia de personas infectadas con una nueva forma de influenza, fue hasta la noche del 23 de abril que el grueso de la población recibió el anuncio de suspensión de clases en una zona neurálgica del país, y la imposición de medidas sanitarias hasta entonces reservadas a otras geografías. A la postre se sucederían nuevos anuncios, hasta llegar a la solicitud, en cadena nacional, del Presidente a todos los mexicanos: quédense estos días en casa para evitar contagios o la propagación del virus. Se complica el reto: cuando un país se recoge, hay que ser muy creativo o hasta inventivo para tener algo que contar.

Los medios de comunicación en México (y de otros lugares del mundo), nos dejamos llevar primero por la sorpresa de la noticia, y las nuevas imágenes que esta producía. Después vino la sospecha y el escepticismo, y había que cazar a las autoridades: irregularidades en las cifras, ¿por qué hasta ahora?, ¿no estarán exagerando?, ¿no estarán ocultando algo más grave? Entonces pasamos al relato de la víctima: de uno de los primeros contagiados (un niño avispado, con buen manejo de medios) a la mujer no atendida, al empleado obligado a trabajar aun a pesar de las prohibiciones, al mexicano maltratado en China, al varado en Buenos Aires, a la familia estigmatizada por sus vecinos. Y se acentuó lo que -si nos lo permitiéramos nos daríamos cuenta- es una verdadera pesadilla informativa: porque en realidad no estaba pasando nada, pero los medios de comunicación ya habían extendido sus horarios de cobertura.

En un mundo acostumbrado a la información en tiempo real, al espectáculo, al drama invasivo, a la estridencia, a la cacería del sospechoso, al juicio mediático, un lapso de tiempo detenido, de gente recogida y de virus contenido es casi un hoyo negro.

Claro está que sí sucedían cosas, que el virus es real, como lo son los muertos, los enfermos, y las consecuencias funestas de todo esto en la economía y la vida de los afectados (incluido al país como tal). Pero en términos del espectáculo mediático, no había nada sustantivo con qué llenar las horas y horas de transmisión radiofónicas, los programas especiales de la televisión, los suplementos de los impresos. Cierto, los medios fueron útiles para no provocar pánico ni incitar a la desobediencia.

Pero al paso de los días, la imposibilidad de tratar la "nada" se hizo evidente en la reiteración informativa, la multiplicación de las historias victimistas, el auto-encumbramiento de algunos comunicadores como salvadores de los agraviados (antes de que nuestro Presidente nos proclamara salvadores de la humanidad). Los medios impresos, en sus versiones online, también sufrieron el encuentro con la "nada": la actualización minuto a minuto no arrojaba datos sustantivos, porque no los había. Será tal vez, parafraseando a Kundera, que la historia estaba en otra parte.

Aún hoy, cuando empieza a quedar un poco más clara la magnitud de la crisis, seguimos enganchados en la narrativa victimista y en el vicio de atrapar la declaración del funcionario para encabezar con eso la nota. Toca tal vez comenzar otra labor, la del reportero que sigue los hilos de la historia; la del periodista de investigación que es capaz de usar y cruzar bases de datos e interrogar la realidad más allá de su inmediata percepción; la del trabajo colaborativo, que debiera ser propio del periodismo de estas épocas enredadas y que permita contrastar hipótesis, compartir enfoques y completar mosaicos. Me temo, sin embargo, que se impondrá el hábito, voltearemos a ver el siguiente escándalo y nos sumiremos en las declaraciones, las víctimas y los verdugos en turno. Servirá todavía de escudo la convicción de que los lectores y la audiencia ahí siguen. Mientras sigan, claro está.

Algunos señalan ya que los verdaderos ganadores de esta complejidad comunicativa fueron las redes sociales y la dimensión dialogante de Internet. No lo sé, pero supongo que más que un tipo de medio, lo que termina ganando es un interesante equilibrio en donde la imposibilidad de los medios tradicionales por abordar esta nada tan peculiar, se remedia con la recuperación de las voces individuales, que dialogan en la Red y fuera de ella, para darle sentido a una historia que está más allá, o en otra parte .

Cuando no hay suficientes muertos para nuestra tradicional forma de narrar e informar, estamos obligados a ser capaces de encontrar otra.

Gabriela Warkentin es Directora del Departamento de Comunicación de la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México; Defensora del Televidente de Canal 22, uno de los dos canales de televisión pública en México; y conductora de radio y TV.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Sergio Aguayo: Vivir en México

MÉXICO, 6 mayo de 2009 (EL País).- Para entender lo que sucede en México debe partirse de un hecho: son muy pocas las instituciones gubernamentales eficientes y preocupadas por el interés general. El aparato de seguridad es un desastre del cual sólo se salvan unas fuerzas armadas estiradas al límite de sus capacidades. Y a esa situación han contribuido los errores, ineficiencias y corrupciones de todas las fuerzas políticas, y eso incluye al presidente Calderón y a su partido.

Vivir en México es padecer la incertidumbre de la inseguridad. En la modernidad del siglo XXI es rutinario visitar, a cualquier hora del día y la noche, los cajeros automáticos para obtener efectivo. En México es peligroso hacerlo por un incremento de los asaltos y por la indefensión en que nos encontramos. La capital está dividida en delegaciones, una de las cuales, la Benito Juárez, es gobernada por el derechista Partido Acción Nacional. Uno de sus funcionarios, Jaime Slomianki, hizo la siguiente recomendación: "Por seguridad de los ciudadanos, sería muy conveniente no hacer retiros en efectivo de los bancos. Es mejor pagar la comisión

[que cobran los bancos por hacer los pagos por vía electrónica] que correr riesgos de sacar dinero" (25 de febrero, Reforma). ¿Hace falta agregar algo a tan flagrante capitulación de la obligación del Estado de darnos seguridad?

Atrincherarse en casa tampoco garantiza tranquilidad. Cuando alboreaba abril recibí una llamada telefónica. Con la voz recia de los mexicanos del Norte, alguien se presentó como mi primo Víctor, hijo del finado tío Pancho, quien emigró y murió en Estados Unidos. Entre exclamaciones de alborozo, el primo me anunció su llegada para el siguiente día; venía de Estados Unidos cargado de dólares, quería poner un negocio y necesitaba mi consejo. Me expresó su deseo de hospedarse en casa -"ya tengo la dirección, primo, ahí nos vemos mañana"-. Como la familia es sagrada, hasta me sentí mal cuando le dije que era imposible darle albergue, pero lo compensé poniéndole hora al reencuentro de primos.

Vivir en México exige estar en alerta permanente. En consecuencia, me comuniqué con la tía Lola, quien desposó un veterano de guerra americano hace medio siglo y se fue a vivir a California. La tía conoce los ires y venires de los centenares de Quezadas que se hacen la vida en el otro lado. Nadie mejor que ella para esclarecer identidades. Después del obligado relato de tragedias y enfermedades, me dio una triste noticia: el primo Víctor había muerto de diabetes hacía un par de años porque "no se cuidaba nada".

Así pues, o el primo Víctor estaba comunicándose desde el más allá o, lo más probable, estábamos frente a un simulador que preparaba un robo, una estafa o un secuestro. Se inició un larguísimo intercambio de opiniones con mi esposa catalana, la cual inmediatamente recordó otra llamada recibida hace algunos meses en la cual nos informaban, entre insultos y amenazas, que habían secuestrado a nuestro hijo varón. El intento se desinfló porque nuestro descendiente vive en Madrid. En cuanto a la visita del presunto primo Víctor, nos inquietó porque ignorábamos la información que tenía. Desechamos dar aviso a la policía, pese a que el Gobierno federal (conservador) publicita un programa especial contra extorsiones por vía telefónica. Cuando está en juego la seguridad, los mexicanos no llamamos a la policía porque o son cómplices de los delincuentes o son de una ineficiencia sublime.

Sé de lo que hablo. Hace seis meses saquearon el piso donde vivimos en una capital gobernada, desde hace 11 años, por el principal partido de izquierda. Destrozaron a mazazos una puerta blindada, dejaron sembrado el piso del contenido de cajones y armarios y se llevaron lo que quisieron. El procurador capitalino tomó un interés personal en el asunto, y al hogar llegaron oleadas de solícitos peritos y policías. Obtuvieron las huellas digitales de los presuntos responsables, pero hasta ahí llegaron, porque la policía capitalina no está coordinada con el Gobierno central y no tiene acceso a las bases de datos nacionales.

Este tipo de vivencias no son extraordinarias. Forman parte de la existencia en este maravilloso país tan lleno de contrastes y extremos. Después del asalto, nos resignamos a unirnos a los millones de ciudadanos que compensan la incapacidad del Estado reforzando puertas y ventanas, poniendo alarmas e intercambiando anécdotas de impotencia y miedo.

El colapso de las instituciones mexicanas de seguridad tiene muchas causas. Una de las principales es la ineptitud de buena parte de los altos mandos burocráticos. Según un estudio realizado por el organismo Gestión Social y Cooperación (Gesoc), pese a los generosos salarios y privilegios pagados, alrededor del 40% de la alta burocracia federal no está capacitada para ocupar el cargo. La razón es muy simple: quienes gobiernan entregan esos puestos a sus amigos o cómplices. Felipe Calderón ha participado, como presidente, de manera consciente y deliberada en este juego.

El Sistema Nacional de Seguridad Pública (SNSP) tiene la responsabilidad de coordinar las acciones de los gobiernos federal, estatales y municipales. Ocupa, por tanto, un lugar central en el combate contra la inseguridad y en la guerra contra el narco. Si funcionara el Sistema, la policía capitalina tal vez hubiera podido conocer la identidad de quienes asaltaron mi piso, y seguramente iría mejor el combate al crimen organizado. Desafortunadamente, ha sido una burocracia inútil porque Felipe Calderón nombró como su titular a un tal Roberto Campa Cifrían, quien carecía de experiencia en temas de seguridad. Eso sí, en su larga carrera político-burocrática uno debe reconocerle la gallardía con la cual ha defendido sus ingresos y privilegios como funcionario de alto nivel. Si Calderón lo nombró zar de la seguridad es porque Campa es un protegido de la lideresa magisterial Elba Esther Gordillo, quien hizo grandes favores al actual presidente durante la polémica elección del 2006. El presidente usó nuestra seguridad para pagar una deuda política.

Campa estuvo en el cargo de 2006 a 2008 y manejó unos 1.000 millones de euros, sin que la seguridad mejorara. Acorralado por la falta de resultados, Calderón se vio forzado a destituirlo en septiembre del 2008, y no fue hasta marzo de 2009 cuando nombró a Jorge Tello Peón como el nuevo titular del SNSP. Finalmente, llegó al cargo un profesional, y a lo mejor y tal vez las fuerzas federales finalmente se coordinan mejor entre sí y con las policías de los otros niveles.

Así pues, ni todas las instituciones funcionan ni el Gobierno de Felipe Calderón es un cruzado enfrentado a la delincuencia. A Calderón le pone obstáculos la oposición, es cierto, pero él toma decisiones que sabotean su gestión. No es un estadista, sino un gobernante débil e incapaz de liberarse de los grilletes impuestos por los poderes fácticos que le ayudaron a ser presidente.

Quienes vivimos en México estamos urgidos de un Estado fuerte que nos defienda. La emergencia sanitaria que padecemos es una anécdota menor si se piensa en que cargamos, como losa gigantesca, a una clase gobernante que, en términos generales, se distingue por su mezquindad y mediocridad. La supervivencia diaria termina dependiendo, en esencia, de cada ciudadano.

Postdata. La amenaza creada por el primo Víctor la resolvimos a la mexicana. En lugar de confrontarlo y encararlo optamos por evadirlo. Dejamos de contestar el teléfono por unos días y se dio por enterado. O al menos eso deseamos creer...

Sergio Aguayo es profesor del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México.

lunes, 4 de mayo de 2009

¿Por qué se mueren en México? - El calvario de Oscarito

CIUDAD DE MÉXICO, 4 mayo 2009 (El País).- El planeta entero se cuestiona qué pasa en México, por qué se producen aquí la gran mayoría de las muertes. Rosa Pérez Valencia ofrece una pista. Rosa no es epidemióloga, ni siquiera médico. Es abogada. Y acaba de perder a un sobrino, a Oscarito, de cinco años y siete meses, un niño feliz, normal, sano hasta que cayó en el laberinto del sistema sanitario nacional.

Este es el testimonio de Rosa, la historia de diez días de frustraciones frente a una burocracia hospitalaria que en los últimos momentos de vida del niño llegó al extremo de pedir a la familia que "si amaban" a Óscar "ya lo dejaran ir", para que "desocupara la cama" del hospital La Raza del Instituto Mexicano de Seguro Social, en donde moriría pocas horas después, el sábado 25 de abril. Causa de la muerte: "Neumonía por influenza". La familia no lo cree.

"El jueves 16 de abril Óscar se puso mal. Tenía síntomas de gripe. Lo llevamos a la clínica 11 del Seguro Social. No lo quisieron recibir porque no tenía temperatura (fiebre). Nos dijeron que era una gripa normal. El niño ya no quería comer, ni nada". Como por la tarde presentó vómitos, a Óscar lo llevaron a otra clínica del Seguro Social, ahora a una más grande, a la 27. "Nos lo rechazaron porque no tenía temperatura y porque querían la hoja de la 11 (un justificante de que ya lo habían tratado en la clínica donde no quisieron recibirlo)".

"El viernes 17 a las 6 de la mañana me llamó mi hermana para decirme que el niño estaba muy mal". Lo llevaron al hospital de La Raza, con convulsiones. Ahí al menos lo ingresaron de urgencia. "Cuando salió la doctora, le dijeron a mi hermana que el niño estaba mal por negligencia de ella, por no cuidarlo. Como a las once de la mañana nos informaron de que estaba muy grave, que tenía neumonía".

El sábado le pasaron a Terapia Intensiva, en el séptimo piso, en la cama 740 A, en un cuarto en el que había otros ocho niños. "Ahí empezó el calvario", dice Rosa. Del cuarto, asegura, al menos un niño salía muerto cada día. ¿Diagnóstico? "Debe ser una bacterita. ¿Tienen mascotas? Hablaban tan en diminutivo que me fastidiaban la existencia; ha de ser un virusito, decían". Rosa, como cualquier mexicano que haya pasado la adolescencia, sabe que para mover muchas cosas en este país se necesitan "palancas", conocer a alguien poderoso o con influencia.

"Me moví, hablamos con una pariente, porque su novio pesa ahí, en La Raza". Así que cuando el jueves 23 cambiaron a Óscar de cuarto, a uno donde inicialmente estaba solo, pensaron que sus esfuerzos para lograr una buena atención habían funcionado. Un día después en la habitación ya había otros cuatro niños. "Todos tenían lo mismo que él, pero qué, nunca supimos. Cuando se empezó a decir lo de la influenza, nos dijeron: 'a lo mejor tiene eso".

El sábado 25 a las 11.00 horas falleció Óscar, tras tres paros cardiacos. El certificado de defunción señala como causa del deceso "Neumonía por influenza". Menos de cinco minutos después de decretarse el fallecimiento, en el área supuestamente restringida de Terapia Intensiva, un vendedor de una empresa particular de servicios funerarios ya les hacía una oferta. Ayer martes, Rosa recibió una llamada de Airel, su sobrina de 16 años: "Tía, no aguanto el dolor de las piernas, me siento muy mal, no tengo fuerzas, vine a la Clínica 20, pero no me quisieron recibir".

jueves, 30 de abril de 2009

EL PAíS Infografía: Gripe Porcina

MADRID, 30 abril 2009 (El País)





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